Como parte del ritual previo, el cantante pegó un alarido de capricho que me retrotrajo al anecdotario del pintor alquímico Antonio Ligabue, imposible ser de luz hacia sus adentros, y a una imagen en concreto: la de los tigres gordos y amanerados que tanto le gustaba pintar. Leo en unos papeles que tengo por casa que antes de empezar un nuevo tigre Ligabue se volvía criatura todo él imitando frente al lienzo aún vacío el sonido que hacía el animal en el preludio del arremeter, tirando zarpazos al aire de por medio y bramándole al objeto con la certeza de que al tigre ya lo traía dentro; sólo le faltaba ponerlo a bailar. (via ¡Detente, Cascante! #3 – F.I.S.T.R.O. | VICE)
